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“Decidimos separamos y … ¿Cómo se lo decimos a nuestros hijos?”
Lic. Silvina Ferreyra

 A los niños, a los jóvenes, como a cualquier persona la información no solo le llega por lo que escucha, sino por los “indicativos”, los “indicios” , las “pistas”  , el “rastro” de nuestro caminar en cada momento de la vida, individual o compartida. Estas señales se evidencian en las actitudes, los gestos, las ausencias, los silencios, la indiferencia, la falta de encuentros, el desinterés, la tensión, e innumerables maneras permitir a los otros intuir que algo no está funcionando.

Cada vez que mostramos algo y decimos que sucede otra cosa, en un intento de simulación, entramos en un laberinto enloquecedor.

Todos los que vivimos en pareja pasamos por crisis, las mismas suceden aproximadamente cada siete a diez años, y suelen venir de la mano del compás de los cambios evolutivos individuales, aunque a veces sobrevienen de una experiencia traumática o de la inercia de alguno en vivir justamente sin modificaciones, asumiendo la vida y sus vicisitudes siempre de un mismo modo.

Cuando los cambios se producen como consecuencia de la evolución natural y cronológica,  las personas vamos modificando nuestra perspectiva a medida que acumulamos experiencias, y con ello también cambian nuestros sentimientos,  por ende nuestro modo de vincularnos.

Somos seres “dinámicos”, necesariamente siempre estamos en movimiento y en procesos que nos llevan de lugares conocidos a nuevos modos de estar en la vida. Si la pareja no va actualizando sus contratos, esto es, sus acuerdos para el bien-estar común, a la par del desarrollo de cada integrante, lo más probable es que nos demos cuenta de los cambios recién cuando no queden motivaciones para estar juntos.

Si, de nuestro estar en pareja vinieron hijos, ellos también forman parte de una historia que merece ser comprendida y para ello no hay otra manera de escribirla sino es en base a la sinceridad de lo experimentado por cada uno, dando lugar y valorización a los sentimientos y vivencias de todos los que habitan la casa.

Comunicar una decisión no es inquietante cuando se ha podido ir compartiendo el devenir de las crisis y sus circunstancias. En general, ésta no sucede de un día para otro, y si tenemos esa impresión, seguramente lo vemos así por no haber  podido hacer contacto con lo que realmente venía sucediendo en nuestro “ser pareja” desde el momento inicial del cambio.

Dejar de “ser pareja” no nos exime de tener que ser por siempre la “pareja de padres” que les dio origen a nuestros hijos y donde ellos hacen sus cimientos para apoyarse de un modo seguro en sus propias vidas, si podemos los adultos separar esta gran cuestión, los hijos tendrán a sus padres siempre que los necesiten,  estén o no conviviendo o proyectándose como pareja, de este modo abrimos la puerta a todos para seguir creciendo.